Charles Bukowsky, La senda del perdedor.
“No tenía amigos en la escuela, tampoco los quería. Me sentía mejor yendo solo. Me sentaba en un banco y observaba a los otros mientras jugaban, al tiempo que ellos me miraban con burla. Un día durante el almuerzo se me acercó un niño nuevo. Llevaba pantalones cortos, era bizco y con cara de pájaro. No me gustaba su aspecto. Se sentó en un banco a mi lado.
—Hola, me llamo David.
Yo no contesté.
Abrió la bolsa de su almuerzo.
—Tengo sandwiches de mantequilla de cacahuete —dijo—. ¿Tú qué tienes?
—Sandwiches de mantequilla de cacahuete.
—También tengo un plátano, y patatas fritas. ¿Quieres patatas fritas?
Cogí algunas. Tenía un montón, eran crujientes y saladas, el sol brillaba a través de ellas. Estaban buenas.
—¿Puedo coger algunas más?
—Bueno.
Cogí más. En sus sandwiches de mantequilla de cacahuete también tenía mermelada; se salía y le caía por los dedos. David no parecía darse cuenta.
—¿Dónde vives? —me preguntó.
—En Virginia Road.
—Yo vivo en Pickford. Podemos volver juntos después de clase. Coge más patatas. ¿A quién tienes de profesora?
—A la señora Columbine.
—Yo tengo a la señora Reed. Te veré después de clase, podemos volver a casa juntos.
¿Por qué llevaba esos pantalones cortos? ¿Qué era lo que quería? Realmente, no me gustaba nada. Cogí más patatas fritas.
Aquella tarde, después de clase, me encontró y empezó a caminar a mi lado.
—No me has dicho cómo te llamas —me dijo.
—Henry —respondí.
Mientras caminábamos, me di cuenta de que nos seguía toda una panda de chicos de primer grado. Al principio les sacábamos media manzana, pero se fueron acercando hasta ir a pocos metros detrás de nosotros.
—¿Qué es lo que quieren? —le pregunté a David.
El no contestó, sólo siguió andando.
—¡Eh, cagón de pantalones cortos! —gritó uno de ellos—. ¿Tu madre te hace que cagues en los pantalones cortos?
—¡Cara de pájaro, jo, jo, cara de pájaro!
—¡Bizco! ¡Prepárate a morir!
Entonces nos rodearon.
—¿Quién es tu amigo? ¿Te besa el culo?
Uno de ellos cogió a David por el cuello. Lo tiró al césped. David se levantó. Un chico se colocó a cuatro patas detrás de él. El otro chico empujó a David y éste cayó hacia atrás. Otro chico se puso encima suyo y le frotó la cara contra la hierba. Entonces le dejaron. David se levantó de nuevo. No abrió la boca, pero las lágrimas le caían por la cara. El más grande de los chicos se le acercó:
—No te queremos en nuestra escuela, mariquita. ¡Lárgate de nuestra escuela!
Le pegó un puñetazo en el estómago. David se encogió hacia delante y en ese momento el chico le metió un rodillazo en plena cara. David cayó al suelo. Le sangraba la nariz.
Entonces me rodearon a mí.
—¡Ahora te toca a ti!
Empezaron a dar vueltas a mi alrededor y yo también me giraba. Siempre había alguno detrás mío. Ahí estaba yo cargado de mierda y tenía que pelear. No entendía sus motivos. No paraban de dar vueltas ni yo tampoco. Estaba aterrorizado y tranquilo al mismo tiempo. La cosa siguió y siguió. Me gritaban cosas, pero yo no oía lo que decían. Finalmente lo dejaron y se fueron calle abajo. David me estaba esperando. Caminamos por la acera hacia su casa, en la calle Pickford.
Llegamos a la altura de su casa.
—Aquí me quedo. Adiós.
—Adiós, David.
Entró y escuché la voz de su madre.
—¡David! ¡Mira tu camisa y tus pantalones! ¡Están todos manchados! ¡Todos los días lo mismo! Dime ¿por qué lo haces?
David no contestó.
—¡Te he hecho una pregunta! ¿Por qué haces esto con tu ropa?
—No puedo evitarlo, mamá…
—¿Que no puedes evitarlo? ¡Niño estúpido!
Oí cómo le pegaba. David empezó a llorar y ella le pegó más fuerte. Yo me quedé escuchando junto a la entrada. Después de un rato dejó de pegarle. Pude oír a David sollozando. Luego dejó de llorar.”
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“Estaba en el 4.° grado cuando lo descubrí. Probablemente fui uno de los últimos en saberlo, porque todavía seguía sin hablar con nadie. Un chaval se me acercó mientras estaba parado en un rincón durante el recreo.
—¿No sabes cómo se hace? —me preguntó.
—¿El qué?
—Joder.
—¿Qué es eso?
—Tu madre tiene un agujero… —hizo un círculo con el pulgar y el índice de su mano derecha— y tu padre tiene una picha… —cogió el dedo índice de su mano izquierda y lo metió hacia delante y atrás por el agujero—. Entonces la picha de tu padre echa jugo y unas veces tu madre tiene un bebé y otras no.
—A los bebés los hace Dios —dije yo.
—Y una mierda —contestó el chaval, y se fue.
Era difícil para mí creerlo. Cuando se acabó el recreo me senté en clase y pensé acerca de ello. Mi madre tenía un agujero y mi padre tenía una picha que echaba jugo. ¿Cómo podían tener cosas como esas y andar por ahí como si todo fuera normal, hablando de las cosas, y luego haciendo eso sin contárselo a nadie? Me dieron verdaderas ganas de vomitar al pensar que yo había salido del jugo de mi padre.”
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“Llegamos a la piscina a primera hora de la tarde, conseguimos nuestros armarios y nos cambiamos. Llevábamos los trajes de baño debajo de la ropa. Entonces vi a Red desajustarse el brazo y ponerlo en su armario. Era la primera vez desde la pelea que le veía sin el brazo ortopédico. Traté de no mirar su brazo, que acababa en el codo. Fuimos hacia el lugar donde te tenías que mojar los pies en una solución de cloro. Apestaba, pero prevenía del pie de atleta o algo así. Entonces fuimos a meternos en la piscina. El agua apestaba también, y después de meterme hice pis. En la piscina había gente de todas las edades, hombres y mujeres, niños y niñas. A Red le gustaba de verdad el agua. Se sumergía, saltaba continuamente. Echaba chorros de agua por la boca. Yo trataba de nadar. No podía evitar el mirar al brazo de Red, era imposible dejar de mirarlo. Trataba siempre de asegurarme de que él estaba mirando hacia otro lado para observarlo. Acababa en el codo, en una especie de muñón, y se podían ver los pequeños deditos. No quería mirar muy fijamente, pero parecía que había sólo tres o cuatro, muy pequeños, un poco torcidos. Eran muy rojos y cada uno tenía una uñita. No. iban a crecer más, el desarrollo se había detenido. No quería pensar en ello. Me sumergí. Quería asustar a Red. Le iba a agarrar de las piernas por detrás. Me encontré con algo blando. Mi cara se hundió en ello de lleno. Era el culo de una gorda. Sentí que me cogía por el pelo y me sacaba del agua. Llevaba un gorro de baño azul que se ajustaba con una cinta a la barbilla, clavándosele en la papada. Tenía los dientes con fundas de plata y el aliento le olía a ajo.
—¡Tú, pequeño pervertido! ¿Tratando de meter mano de balde, eh?
Yo me solté y me fui hacia atrás. Mientras retrocedía, ella me siguió por el agua, con sus enormes tetas levantando una ola delante suyo.
—Sucio pitilín. ¿Quieres chuparme las tetas? ¿Tienes una mente sucia, eh? ¿Quieres comerte mi caca? ¿Te gustaría un poco de mi caca, pitilín?
Fui retrocediendo hacia lo más profundo. Ahora estaba de puntillas, sin dejar de ir hacia atrás. El agua se me metía en la boca. Ella seguía acercándose, era una mujer como un barco de vapor. Yo no podía retroceder más. Ella venía derecha hacia mí. Sus ojos eran pálidos, blancos, no tenían ningún color. Noté que su cuerpo me tocaba.
—Tócame el coño —dijo—. Sé que quieres tocarlo, así que no te reprimas, toca mi coño. ¡Tócalo, tócalo!
Esperó.
—Si no lo haces, voy a decirle al guardapiscinas que has tratado de abusar de mí y te meterán en la cárcel. ¡Ahora, tócamelo!
Yo era incapaz. De repente, ella se echó hacia delante, me cogió las partes y me dio un tirón. Casi me lo arranca. Caí hacia detrás en lo profundo, me hundí, me debatí y salí a la superficie. Estaba a metro y medio de ella y empecé a nadar hacia el agua menos profunda.
—¡Voy a decirle al guardapiscinas que has querido abusar de mí! —gritó.
Entonces vino un hombre nadando hacia nosotros.
—¡Este niño cabrón! —me señaló gritándole al hombre—. ¡Me ha agarrado el coño!
—Señora —dijo el hombre—, el chico probablemente pensó que era la reja del sumidero…”
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“Además de Richard Waite, yo tenía otro problema en esa clase. Harry Walden. Harry Walden era guapo, eso pensaban las chicas, tenía unos largos rizos dorados y vestía con ropas finas y delicadas. Parecía un petimetre del siglo dieciocho emperifollado con extraños colores: verde oscuro, azul oscuro. No sé dónde demonios encontraban sus padres esa ropa. Y siempre se sentaba muy erguido y escuchaba con atención. Como si entendiera todo. Las chicas decían: «Es un genio.» A mí no me lo parecía en absoluto. Lo que yo no entendía era por qué los chicos no se liaban con él. Me molestaba. ¿Cómo podía escaparse tan fácilmente?
Me lo encontré un día en el vestíbulo y le detuve.
—A mí no me parece que seas un montón de mierda —le dije—. ¿Por qué todo el mundo piensa que eres una mierda caliente?
Walden miró hacia la derecha y por encima mío. Cuando giré mi cabeza para mirar en esa dirección, se deslizó en torno mío como si yo fuera un elemento de una alcantarilla, y un momento más tarde ya estaba sentado en su asiento en la clase.
(…)
Detuve a Harry Walden en el vestíbulo otra vez más.
—¡Te voy a dar una patada en el culo, tú, hijo de puta, a mí no me tomas el pelo!
Harry Walden me miró. Luego miró por encima de mi hombro y señaló algo diciendo:
—¿Qué es eso que hay ahí?
Me giré para mirar. Cuando le volví a mirar ya se había ido. Estaba sentado y a salvo en la clase rodeado por todas las chicas que pensaban que era un genio y le adoraban por ello.
(…)
Una tarde entré en la clase y el asiento de Harry Walden estaba vacío. Supuse que estaba jodiendo como siempre. Entonces la noticia corrió de pupitre en pupitre. Yo era siempre el último en enterarme. Finalmente llegó hasta mí: Harry Walden se había suicidado. La noche anterior. La señorita Gredis no lo sabía todavía. Miré a su asiento. Nunca más se volvería a sentar en él. Toda esa ropa colorida se había ido al carajo. La señorita Gredis terminó de pasar lista, bajó y se sentó en el pupitre delantero cruzando sus piernas. Llevaba puestas las medias de seda más finas que nunca habíamos visto. Su falda estaba arremangada casi hasta las caderas…”
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“Entregué mi ensayo el lunes. El martes, la señora Fretag se dirigió a la clase.
—He leído todos vuestros ensayos sobre la visita de nuestro distinguido presidente a Los Angeles. Yo estaba allí. Algunos de vosotros, me he dado cuenta, no estuvisteis por una razón u otra. Para aquellos que no estuvisteis, os voy a leer este ensayo de Henry Chinaski.
La clase estaba terriblemente silenciosa. Yo era, de lejos, el alumno más impopular de toda la clase. Era como un cuchillo que atravesara todos sus corazones.
—Es muy creativo —dijo la señora Fretag, y empezó a leer mi ensayo. Las palabras sonaban bien. Todo el mundo escuchaba. Mis palabras llenaban la habitación, de pizarra a pizarra, pegaban en el techo y rebotaban, cubrían los zapatos de la señora Fretag y se amontonaban en el suelo. Algunas de las niñas más guapas de la clase comenzaban a echarme miradas. Todos los tíos duros estaban humillados, sus ensayos no valían un pjjo. Yo bebía mis palabras como un hombre sediento. Incluso empecé a creérmelas. Vi a Juan allí sentado como si le hubiera pegado un puñetazo en todos los morros. Estiré las piernas y me eché hacia atrás. Se acabó demasiado pronto.
—Con esta gran redacción —dijo la señora Fretag—, se acaba la clase.
La gente se levantó y comenzó a guardar sus cosas.
—Tú no, Henry —dijo la señora Fretag.
Me quedé sentado y ella se quedó allí de pie mirándome.
Entonces dijo:
—¿Henry, estuviste allí?
Traté de pensar una respuesta. No pude. Dije:
—No, no estuve.
Ella sonrió.
—Eso hace que tenga más mérito.
—Sí, señora…
—Puedes irte, Henry.
Me levanté y salí. Empecé a caminar hacia casa. Así que eso era lo que querían: mentiras. Mentiras maravillosas. Eso es todo lo que necesitaban. La gente era tonta. La cosa iba a ser fácil. Miré detrás mío. Juan y su amigo no me seguían. Las cosas me iban cada vez mejor.”

