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Señoras, catolicismo inconsciente, delfines indestructibles, orugas, plaza cubierta quemada.

diciembre 15, 2011
  1. No ocurre nada relevante y cumplo itinerarios sabidos diariamente. En el farmatodo de sabana grande  y compro una pasta de dientes y un paquete de tres jabones “protex” con miel.  No consigo “ninazo” adultos, está agotado, y en su lugar ponen uno mucho más caro. Miro las afeitadoras  pensando que no vale la pena y que si no las compro ahorraré más dinero. Pensar que puede uno reducirse a lo esencial  y dejarse la barba. Pero en lugar de afeitadoras termino comprando una colonia. La barba hace sentir una arbitraria madurez. E inevitablemente  la miro en superficies reflectantes. Después del farmatodo salgo y suena el teléfono; es Bárbara. Contesto y no es nada. Era “para ver si mi teléfono funcionaba”. Buscar cosas extra que hacer antes de irme pero no hay opciones. Individuos sin tiempo y con ocupaciones, incluyéndome. Se siente nostalgia de lo anterior y de la primera impresión de todo. Más enriquecedora y misteriosa. “Se siente nostalgia de lo anterior y de la primera impresión de todo. Más enriquecedora y misteriosa” Vaya frase pendeja, ¿no?
  2. Debe declarársele la guerra a las señoras muy gordas y con falditas (abuelas seguramente) que siempre llevan niños arrastrando y siempre obstaculizan la escalera estrecha  justo cuando uno necesita apurarse para alcanzar el tren que está apunto de irse, cuando algo está a punto de irse. Que agarren el paso preferencial nada más.
  3. Acompaño a S. hacia XXXXXXXX. Se queja de su cotidianidad y exclama algo como: “dios mío qué voy a hacer” y a continuación se molesta consigo misma por creer inconscientemente en dios. Y yo soy inconscientemente católico, porque siempre exclamo “dios santo, qué voy a hacer”.
  4. Sueño que persigo a un criminal  que comete sus crímenes en una van blanca muy moderna y que tiene la particularidad  de desarmarse y posee muchos paneles corredizos y esas puertas modernas que se abren hacia arriba. Lo persigo como en las películas por callejones caóticos como los de sabana grande hasta llegar a un restaurant coreano en donde aprovecho para pedir algo de comer pero no tienen porque, como me explica le señora coreana dependienta, es un restaurant coreano que solamente sirve vasos de agua que cuestan 0,50 bolívares. Sigo corriendo para alcanzar al criminal y desemboco en una especie de laberinto cuyo final es la desembocadura embaulada de muchas quebradas. Sobre ese amplio lugar pasa un elevado vehicular con pasarela para peatones y por allí viene caminando Nelson que se percata de que estoy ahí abajo y a pesar de la distancia comienza a decirme a gritos  algo como “: “me tropecé con un montón de niñitas en traje de baño todas maquilladas y eran un equipo de nado sincronizado infantil, y todas se lanzaron a nadar al rio de lava mientras se transformaban en delfines indestructibles, y hacían figuras…”
  5. Viernes por la noche. Sensación de que el mundo se va a acabar aunque no tiene nada que ver con las elecciones, creo. Media hora buscando con Manuel un baño abierto en humanidades, y lo encontramos en psicología. Las puertas cerradas por todas partes impiden el paso. Después de que M. se va instintivamente me muevo hacia las banderas, o a plaza cubierta. Pero es demasiado temprano y además por las elecciones no habrá trasporte ni comedor. Así que tomo un libro de Miguel Ángel Asturias que cargo en el bolso (leyendas de Guatemala, Señor presidente, El Alhajadito. –Biblioteca  Ayacucho) y me siento a leer en la mínima plaza de dos bancos que queda entre el auditorio de humanidades y el edificio de aulas y decanato. La lectura avanza hasta que después de un rato largo me percato por alguna razón de que algo anda mal. Siento algo en mi camisa, en la espalda  y de inmediato recuerdo que estamos en temporada de orugas y me inclino hacia atrás, todavía no he constatado que sea una oruga, trato de inclinarme para que haya una distancia entre la camisa con la posible oruga y la piel de la espalda, miro sobre el hombro y no distingo nada pero hay un pequeña mancha de colores en el vistazo,, no puede ser otra cosa. Es muy pesado. Así que decido caminar hasta el pasillo y preguntar a alguien qué demonios tengo en la espalda. Le pregunto a un tipo y me dice que es una especie de gusano. Así que me termino de poner nervioso y le ruego que me ayude a quitármelo, pero el tipo simplemente dice que no con la cabeza, como considerando el riesgo que implica para sí el ayudar a otro y decidiendo inmediatamente que es mejor seguir caminando y hacerse el desentendido y no hacer nada. Un gigantesco imbécil sin duda alguna. En la entrada de bibliotecología me topo con una chica a la que advierto con una voz muy nerviosa que se no asuste y le muestro mi espalda mientras le pido que me ayude. La chica se lleva las manos a la boca, se distancia de mí, hace todos los gestos de miedo y de sorpresa posibles. Le ofrezco el libro y le pido que intente golpearla para que se caiga pero solo me contesta nerviosamente “ya va… espera” como si no entendiese la manera de obrar, o como si la situación fuese tan grave en realidad (era grave, no tan grave pero mi nerviosismo la acentuaba). Le explico que tengo fobia a las orugas  y que por eso estoy tan desesperado y vuelvo a insistir nerviosamente en que me ayude   pero ella sigue petrificada mirándome, con sus manos llevadas a su boca. Entonces pasa el yonki de la patineta con grandes audífonos y ve que le hacemos señales y desmonta y oye el nerviosismo, me dice que me calme y me pregunta con qué puede sacármela, le digo que con el libro y de u solo golpe la derriba. Tirada en el piso la veo y no puede ser peor: es gigantesca, de unos trece centímetros, muy pesada y con anillos violeta sobre amarillo. Estos animales poseen pies verdaderos e indudablemente uñas para no caerse. Más que espinas, tiene dos hileras de pequeños mechones rojos de cosas con forma de plumitas. Le agradezco y él sube a su patineta sin prestarme mucha atención, con sus grandes audífonos y la chica camina apresuradamente con sus altos tacones, me dice “yo soy más fóbica que usted, cómo me va a pedir a mi, cómo” como si yo pudiese saber que también es fóbica, y más que yo.
  6. Corro como un loco a agarrar el bolso y huyo de ahí antes de que me caiga otra oruga encima. Me voy caminando en estado de shock y paranoico como nunca de los árboles. A continuación doy cuenta de que a partir de estas experiencias iba elaborando inconscientemente  una serie de ideas todas más o menos o totalmente sensibloides. No hay espacio para esa reacción; en la plaza de las banderas se oye el gran ruido de los resultados de las elecciones. Por convención se tiene que mostrar una falsa alegría y entonar estribillos. Una pantalla enorme en donde se muestran los resultados de las votaciones en las escuelas, las planchas vencedoras y luego retoman los del concejo universitario la FCU y otros. Durante el tiempo que estuve iba ganando “Presupuesto Justo”, segundo lugar “Viva la U!”, tercero “100% estudiantes” y cuarto “Patria es universidad”. Aquí y allá saltan y gritan, sin duda alguna la alegría es totalmente representativa de lo que sería una alegría real. Ni siquiera hay tanta gente. La verosimilitud de todos estos actos se presiente seriamente comprometida. Para los lectores fuera de contexto; la situación política de la universidad está así: la “derecha” ha ganado todas las últimas elecciones universitarias desde que Chávez está en el poder (es decir, desde que “la izquierda” está en el poder) la cosa viene en que últimamente la rectora ha pretendido mostrarse como una posible fuerza política capaz de contrarrestar a Chávez, sin evitar caer en las payasadas que caracterizan a Chávez; juegos de retóricas pobres y no muy académicas, contenidos espectaculares y mediáticos, ruedas de prensa acompañadas de formas específicas de hacer gestos con las manos, muecas de énfasis y franelas con frases pobres en letras mayúsculas. Alternativamente se lanzan varias organizaciones estudiantiles al mismo tiempo y simulan una contienda, pero solo es una estrategia para asegurar su permanencia en esos escaños y definitivamente se haya detrás de cada uno de ellos el mismo rostro político. Todas las declaraciones de estos estudiantes parecen un discurso publicitario y algunos son simplemente gente que parece una publicidad viviente. No logran que el ciudadano común se sienta identificado  y en cambio ganan simpatía con jóvenes aburguesados, del tipo que considera que él único problema social importante es el incremento de robo de celulares y de carros; aquello que pueda atravesar su caparazón de realidad e interrumpir el ritmo sabido de sus vidas. La izquierda identificada con Chávez y otros más específicamente marxistas se han agrupado y aunque en un número mucho menor, también están presentes. También tienen estribillos, saltan, ligeramente más críticos y sin embargo parece que en estos tiempos ninguna crítica alcanza lo suficiente para arropar la totalidad de los actos, o para generar una crítica mayor que concientice. Si alguno se propone criticar sus propios actos, lo hace siempre en el terreno ficticio, solo para cumplir con la cuota de apariencia de equilibrio y democracia. Entre los izquierdistas diviso a D. y después a S, y a otros que no conozco pero que he visto otras veces, tiene un redoblante y unos estribillos escritos en un papel. Un grupo se sube al techo y desde ahí despliegan un par de pancartas con mensajes en una ranura entre los techos. Hay una que queda al revés y eso suscita una burla general. Pero el mensaje puede leerse, pienso yo, está ahí. Los perros del área están muy nerviosos por los gritos y los saltos y ladran, confusos, caminan de aquí a allá, piden explicaciones. Son las ocho de la noche exactamente o algo más y decido irme. Imagino que todos los otros tienen itinerarios, planes o una agenda, acciones con sentido para esa misma noche. Imagino antes de irme que es una de esas noches fuera de la habitual rutina, en la que pasan muchas cosas, tal vez algunas definitivas, y que permanecerán como anécdotas. Por lo menos eso imagino para D. S. y C. que también estaba y para los otros que no conozco y siento un poco de envidia o la sensación de que no tengo una vida provista de esas posibilidades y de que siempre me voy temprano a casa. Y en efecto al día siguiente me entero de que después entraron unos motorizados terroristas encapuchados e identificados como chavistas por todos en las redes sociales, y quemaron la pantalla, destruyeron las actas etc. Yo podría perder el tiempo escribiendo por aquí que se que mis amigos de la izquierda serían incapaces de planificar actos así, podría ir de aquí en adelante argumentando que no tiene lógica tener tantas conversaciones sobre democracia y filosofía y tantas caminatas y en fin, perder tanto tiempo en preocuparse por actuar o pensar de una forma equilibrada y adecuada en relación con la realidad, para después participar en este tipo de actos pobres y vacios de significado. Podría poner que por ejemplo, desde el principio me pareció sospechoso, tal vez por mi punto de vista condicionado, observar como llegaban primero que nadie los bomberos con sus camiones mucho antes del incendio y en fin, que los hilos que mueven este tipo de acciones son conducidos por alguien que no tiene  nada que ver con los estudiantes, ni de izquierda ni de derecha. Pero me parece ya del todo preferible  anular incluso esos comentarios. En aquellos momentos y posteriormente se articulaba y se desenvolvía, a través de las redes sociales y los medios, toda la maquinaria de pequeños comentarios y noticias de última hora con el fin de repetir la ya sabida formula; traducir a sus idiomas particulares y esquemas interpretativos cualquier cosa que el otro diga y haga. Solo hay que ver cualquier programa de Globovisión o de VTV para concluir que ya cualquier cosa puede significar cualquier cosa, dependiendo simplemente del lado al que pertenezca el intérprete. Y lo peor; por ser este fenómeno de interpretación arbitraria de la información parte insustituible de la política moderna, y del estilo y forma en que están constituidos los noticieros y los programas de televisión, se corre el riesgo de que pronto lo único que uno pueda ver por los medios sea esta realidad intencionada, de que eventualmente el ciudadano ya no pueda salir de esa intencionalidad de los contenidos, es obvio pensar que incluso las instituciones de la política y de la televisión y la red social comenzarán a preocuparse (sino es que ya lo hacen) por que sucedan acontecimientos que puedan después ser reseñados por “La hojilla” y por “Aló ciudadano”. En ese nivel de control que tienen las instituciones poderosas sobre la opinión pública ¿tiene sentido para el ciudadano común preocuparse por la “política”? ¿Tiene sentido entonces responder a todas esas solicitudes alarmadas que nos hacen los compañeros de universidad, en este caso por las redes sociales, para que el común de los estudiantes se “comprometa” y se sume a una supuesta “lucha” por sus derechos arrebatados y por la injusticia? Y finalmente; ¿Es uno un coñodesumadre apático sin conciencia, o es que en verdad no hay nada a lo que valga la pena adherirse? Honestamente pienso que la única justicia razonable correría por cuenta de la gran cantidad de daño espiritual y de bulla insoportable que nos ha hecho sufrir la política nacional, el conflicto oposición-chavismo durante tanto tiempo. Se adivina que no hay ningún horizonte en sus luchas y todos abrazan generalidades y abstracciones como “amor”, “justicia”, igualdad”. Quien quiera que gane las presidenciales no cambiará que las amas de casa sigan lavando los platos, la ropa, que debamos trabajar y cuidarnos a nosotros mismos y a los demás de la violencia. El hecho de que Chávez o la rectora hayan mandado a quemar plaza cubierta y de que se culpen uno al otro, ya da lo mismo. Igual pudo entonces haberle caído un meteorito que le causara los mismos daños, y, claro, siempre esta el debate sobre cuál es la forma adecuada e inadecuada de actuar. Por supuesto que no tengo idea de cual es. Quién coño puede saber eso. Habría que sospechar incluso de los significados mismos de los conceptos que cada cual utiliza y considerarlos simplemente como el resultado de sus propias intuiciones y deducciones sobre esos mismos conceptos. Hay que sospechar más bien de cualquiera que se aparezca y diga en voz alta que sabe que lo que hay que hacer y que debemos hacer todo lo que él diga mientras asentimos tontamente con la cabeza.
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