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Lo que aseguramos con mayor certeza es lo inexistente

abril 3, 2017
  1. “Morirse debe ser algo que esté cubierto” así empezaba algo aquí, sin embargo no se que pasó con eso, no se guardó el archivo o se borró y ahora no se lo que era.
  1. Todo está mal, y cada vez peor. Pero de pronto surge una calma inesperada, en el medio mismo del caos. Algo nuevo sin lugar a dudas. El fracaso puede ennoblecernos ante nosotros. ya lo había visto antes aunque no en mí. Se lo había visto a o. ciertas veces le vi sonreír estúpidamente, es esa sonrisa que uno tiene cuando una felicidad más grande que uno le invade. Estas veces en que le vi sonreír, atravesaba ella este tipo de circunstancias, o la verdad no recuerdo si oíamos una historia de alguien que intenta hacer algo y fracasa estrepitosamente. Si creo que era eso. En mi lo que sucedió fue que intente darle vueltas al asunto. Como si de una moraleja se tratara siempre, como de una verbosidad que ocurre siempre de decir algo al respecto, una conclusión de una sola página. En ella se dibujaba esa tonta sonrisa de gozo. No podía ser el gozo por una confirmación de nada. Era solo una alegría tonta nada más. Como muchas otras veces, fui incapaz de ponerme en sintonía con todo eso, y después no lo intenté. Ahora entiendo un poco, que es lo mismo que decir que no entiendo nada. Es algo muy de fondo de uno mismo. Algo que ya no tiene que ver con las satisfacciones, las gratificaciones ni las representaciones que uno hace de sí mismo siempre, y que constituyen la mayor parte de lo que ocurre por debajo en el sujeto, la gran parte de esa ebullición constante y espumosa que está ocurriendo en la personalidad. Qué importa si todo se va a la mierda. Al menos uno estuvo acá, y lo intentó, y podemos decir (tampoco importa si sólo podemos decírnoslo a nosotros y que luego el olvido nos tragara en su vacío) que tuvimos nuestra propia oportunidad de algo, que ese algo fue nuestro. Así sea una cagada, así sea haber nacido para ser absolutamente unas mierdas sin derecho a la gran mentira de la superación individual. Así sea también imposible que alguna cosa, o que la nada, pueda pertenecernos, porque ocurra que somos primordialmente nadies. Así todo en este mundo sea mentira, podemos estar tranquilos porque algo de lo que tampoco podemos estar seguros, nos hará dignos.
  1. A veces en ciertas noches no sólo es la conmoción por ciertas canciones, sino por cualquier canción que suene en mi radio (menos las actuales) y finalmente es una conmoción por cualquier cosa. Sólo se me ocurre llamar a esto “amor”. Puede ser que el amor exista. Con las personas, por supuesto, como núcleos de los que emana ese amor, pero sin excluir nada. Calles, horas, situaciones. Cada una de estas canciones inactuales que acá suenan, en estas radios que están congeladas en algún lugar de los noventa, entre merengues del general, salsas de Gilberto santa rosa y antiguos vallenatos, hablan de una vida y de un individuo. Y como no amar lo que ha sido nuestra vida. Y lo que uno es y ha sido en todas aquellas situaciones y con las situaciones y personas con las que ha coincidido. Es una sentimentalidad de mierda. Amar la vida de esta manera hasta las lágrimas a veces es medio fatídico- porqué quizá toda esta conmoción no sea más que un sentimentalismo barato hacia uno mismo y la tragedia de su finitud.
  1. Esta necesidad de estar siempre solo escribiendo, esta cama inútil llena de medias blancas, porque siempre las lavo y soy incapaz de guardarlas en un solo sitio y en vez de eso suelo dejarlas botadas durante días ahí y duermo encima de ellas y cavilo. Estas medias y esta mediocridad de la vida, ¿qué chillan y para quién? ¿Qué es todo este silencio, esta continuidad interminable de situaciones en que sólo se es para si? Son unos años de constancia desperdigamiento y desfile de este catre por ciudades distintas. Es un calor corporal que ha viajado de distintas maneras, un bólido quieto en el que me encaramo y piloteo. Las otras personas han estado como accesorios de este tipo de existencia. Hablan y las sé. Pero no alcanzo a cobijarlas todas. A veces siento que no he llegado a querer realmente a nadie. Y mientras tanto esto que sucede a estos otros si es la vida. Esa navegación habilidosa por un complicado laberintoselva de responsabilidades, golpes de timón que los hace estar en riesgo y los acerca afortunadamente también a sí mismos. Y el contraste entre eso y esta forma, infinitamente menos efectiva, de medias y sabanas botadas por cualquier lugar. Riesgos y riesgos constantes que yo no tomo y que debería tomar de una vez por todas, como cuando la determinación llega y el anfitrión interior dice emotivas palabras sobre todo eso que debe hacer uno. Como en la promesa de baratijas de un espectáculo armado por si para si. ¿Y qué es lo que no es esto? Básicamente vendría siendo encaramarse en algo y fijarse. Como lapa, como rémora de tren o autobús hacia la promesa. En el camino pasarse uno por encima a sí mismo. Agarrar las putas medias y botarlas. Luchar contra el dolor de espalda con algo más que tecitos. También uno quiere y también en el acto agarrar y echar a la mierda todo ese cariño. Renunciar. Se percata fácilmente de que tanta incidencia pasa por algún lado, que no faltan unos ojos que juzgan. O en otras palabras; uno sabe que los otros piensan que uno “esta mal”. Estar mal. No es que uno no lo crea, es que hay algo más. Si no hubiera algo más, estaríamos aún inscritos en la continuidad de toda esta cosa? Porque estar mal es no estar bien. Es un estado realmente penoso, absolutamente negativo. Cómo es que hay estas zonas indeterminadas de cosas que nadie sabe que son. O, para una mejor defensa de esta cosa que no importa defender: no importa porque es insuficiente, solo por eso.
  1. Encaramarse en el autobús. Fijarse al tren hacia la promesa como lapa o rémora. Y una ilusión de que semejante cosa pueda hacerse de un solo movimiento. Yo pienso que como uno mismo es un gran mecanismo fallido, mal actualizado y auto saboteable, esta ilusión es en realidad el primer paso hacia otra cosa completamente distinta. Quizá el desencanto. Pero es imposible resarcirse de ello. Hace unos momentos las yemas de los dedos adoloridas por las teclas de este teléfono descontinuado estuvieron a punto a escribirle un SMS al único amor que me queda: “si me dieran a escoger entre tu amor y la posibilidad de pensar como una máquina, escogería la posibilidad de pensar como una máquina”. Pero borré el mensaje. De todas formas lo pongo acá para ilustrar esto. Así se imagina uno que sería si le fuera dada la posibilidad de pensar como una máquina. Es decir sería infalible. Es decir uno es decididamente falible. Es decir estamos desencantados de lo que somos.
  1. El tamaño de este obstáculo al que nos enfrentamos nos ha desanimado enormemente desde hace mucho tiempo ya. No hay posibilidad de retorno hacia la ilusión. Quizá por eso sea que uno el escritorzuelo esta condenado a esta caricatura sentimental de representarse constantemente desde la infancia. Ahora mismo me pasa que tengo que estar en contacto con niños la mayor parte del tiempo. Hay niños de todo tipo y también hay niños que son insoportables como pequeños monstruos que nos hacen la vida imposible. Pero también están los otros niños con los que decidimos identificarnos, los afectos nos manejan y hasta podríamos decidir utilizándolos a ellos y quizá no habría nada reprochable. La infancia entonces es como un territorio sacro en el que nadamos alguna vez y esa brillante época era la época en que no nos habíamos desencantado tanto. Podríamos dar la talla en eso de luchar contra ese monstruo invencible (el tamaño del obstáculo al que nos enfrentamos) pero todo lo que somos y nuestras convicciones modernas nos repiten que es imposible (nos ha desanimado enormemente desde hace mucho tiempo ya). Entonces viene lo lamentablemente humano y también lo vemos como otra proyección del gran espejo del desencanto propio en el que nos vemos: lo patético. Giramos sobre el suelo, proferimos alaridos de miedo o de ira o rabia, nos entristecemos y nos da por afirmar como maricos que se trata de un desequilibro de los chacras. Lo mágico y lo milagroso nos parece la única explicación real y la única manera posible de combatir al monstruo. Su fuerza podría equipararse con la complejidad de análisis que no tenemos y con la que, sin duda, según nuestras propias explicaciones, seríamos capaces de resolverlo.
  1. Han visto los power rangers. Acá los conocemos así pero sus verdaderos nombres son “los súper sentai” sentai vendría siendo en el mundo japonés una palabra que se traduciría en “equipo” El súper equipo. La producción que nosotros conocimos adaptada a un público internacional nos acostumbró a pensar en ellos como en un grupo de liceístas cabezas huecas cuya fortaleza era esta misma cabezahuequeidad. Sin embargo en los extrañísimos súper sentai los rangers eran otra cosa. Uno de ellos era un tipo que parecía exacto un burócrata. Un oficinista amargado con un maletín bajo el brazo y lentes. Aparentaba mediana edad y una madurez repleta de rasgos sociales fáciles de reconocer como por ejemplo cierta seriedad de padre de familia o maestro de escuela. Y así, no creo recordar entre ellos a ningún renegado, agente de lo cool o estereotipo juvenil, por supuesto los estoy comparando es con los power rangers de los noventa. Ya en los capítulos de ésta generación que he pillado viendo televisión con mi sobrino me percato de que se ha regresado a la idea de incluir a personas de mayor edad dentro de los rangers. Son como dos ideas opuestas acerca de la lucha. La idea de que la magnificencia de la razón le pertenece al ciudadano promedio comprometido con los ideales conservadores del progreso del mundo moderno, y la idea de que la razón le pertenece a unos agentes desconocidos que mueven como marionetas a unos subordinados víctimas de una sociedad mercantil en sus estadios más decadentemente consumistas. los power rangers luchan contra algo malvado, contra monstruos precisamente, pero más aún, contra monstruos mágicos. Mantienen a raya a toda una proliferación metafísica que aparece en campos de golf y ciudades, como una especie de plaga indeseable que por su propia indeseable acumulación va generando rupturas entre las dimensiones y derramándose por todas partes con disfraces antiestéticos. Cómo lo logran los rangers contra el mal? Sentándose día y noche a calcular y recalcular el inquebrantable tejido tecnológico y material que los sustenta. La superioridad técnica de los rangers se equipara ya con la magia. Y en última instancia para los espectadores de toda esta saga: da lo mismo que uno tenga tales y cuales dominios y que otros no. Ya sólo nos importa la pelea. Los buenos contra los malos.
  1. Lo específico de la guerra: Quizá si no estuviésemos desencantados nada de esto sería así. Los buenos contra los malos. Esta es la segunda cosa, agarrar bando. Decir que los malos son los otros y no uno como en toda guerra. Entonces es tan así, es tanto como guerra? Por supuesto. Al menos desde el punto de vista sentimental es una guerra, desde las emociones turbias de un guerrero. No hay nada más que verme a medio día metido en el barro y dándome golpes de pecho o queriendo suicidarme por honor al ver que los muchachos de cuarto grado aún no saben leer. Hay rencor, ira por la alienación. Queremos blandir el báculo de Rita pero nos sentimos impotentes. Sin embargo estas condiciones actuales puede que tengan el menos una cosa ventajosa. Para nosotros los habitantes del tercer mundo, de la Venezuela corrupta y caótica, las causas del desastre son claras. La culpa del desastre viene de un claro error humano, administrativo. Nuestro sistema de gobierno, nuestra política y nuestra coherencia son una mierda. Fin de la historia. ¿Y qué es lo bueno? Que no nos creemos el mito de que la distribución del mercado es equitativa y adecuada al concepto cristiano de justicia, y de que la pobreza es algo así como un curso de superación personal que debemos estar agradecidos de recibir. O, como pasa ahora en muchos otros territorios: que la entereza hay que dejarla en manos de los administradores colegiados de la sociedad. De los profesionales pulcros que rebosan juventud y esparcimiento en lounges y discotecas los viernes por la noche. de unos desenfadados bailarines que han sido instruidos con el milagroso secreto profesional que les permite conocer nuestras subjetividades, las subjetividades de nosotros, trabajadores mal pagados que oímos vallenato en un pequeño cuarto mal ventilado pintado de amarillo, en nuestras casas improvisadas sin confort y con instalaciones sanitarias deficientes. A mi mismo, escritorzuelo por la gracia de dios, se me ha negado en varias oportunidades el sagrado derecho al trabajo, porque he sido descartado por la audacia de este tipo de profesionales. Hace poco un médico de pacotilla me negó un trabajo porque mis venas prostáticas estaban demasiado crecidas o desarrolladas ¿que mierdas quiere decir eso? Las leyes laborales en Venezuela especifican que se haga uno exámenes físicos con un médico que es contratado por la empresa. Lo que yo no sabía era que el médico actúa como mediador de los intereses de la empresa, permitiéndose rechazar a aspirantes que puedan luego significar un gasto en cirugías o tratamientos médicos. Además de comportarse con la mucha prepotencia (la prepotencia clásica de los médicos producto de ignorar ingenuamente que la racionalidad de las ciencias empíricas es imposible) su negativa significó que pasara otro largo periodo de precariedad. Pero no me fui de allí convencido de mi inaptitud para ese empleo.
  1. Pero entonces sucede que algo se trasforma y uno puede ser el otro bando de la guerra. Que el monstruo sea uno mismo. Se trata de que no somos el monstruo. Nuestra idea de justicia no es tan profunda que digamos. Se trata solamente de que queremos amasar y no nos dejan. Y como amasamos? No se sabe, pero esto arroja conclusiones hacia el lado contrario: creemos que el monstruo vive dentro de nosotros. Creemos que en nuestro interior se encuentra el germen de una eficiencia equiparable a nuestra problemática. Porque creemos en parte que todo ese problema, grande y bueno o malo de todas formas es un producto nuestro. Lo ideamos con algún propósito. Estamos tan emparentados con él. Entonces dentro de la naturaleza de nuestra constitución mental pueden hallarse las respuestas. Pulso de nuevo las duras teclas y le escribo que tenemos que ser fuertes. Porque adentro de nosotros mismos, también vive la bestia con la que nos enfrentamos. Y que si permanecemos anclados como rémoras sin importar las vicisitudes, los dos mecanismos se pondrán de acuerdo, entrarán en una sintonía sin que nuestras subjetividades adoloridas alcancen siquiera a comprenderlo y ocuparemos ese sitio que al fin y al cabo no es tan darwiniano como creíamos.
  1. Se va quedando poco a poco sin nada. Se acumula incertidumbre y dolor físico. En el próximo instante sobreviene una nueva impresión adolorida, ahora es esta de hallarse despierto en la mitad de una noche con lluvia. La oscuridad total y solo el ruido. Y sin saber, darse la vuelta, entonces un dolor punzante, un nuevo dolor. Como un algo punzante que se hubiera alojado entre el pecho y la espalda, pero más hacia la espalda, pero aún más hacia la columna. Empeora el girar y buscar otra posición. No se sabe qué lo produce. Seguro tenga que ver con que se eliminó esa almohada y lo último que se recuerda es que la chatura de la cabeza mal constituida se apoyó directamente contra el colchón, dejando manifiesto este desnivel natural que hay. Un tórax demasiado elevado y una cabeza de chorlito. El sueño ya era indetenible y no importo ni eso ni la nariz rota.
  1. De pronto alguien en una tarde avisó que el maíz estaba siendo regalado. A veces ocurre que el maíz se cosecha, el comprador mismo lo recoge, muchas mazorcas son relegadas porque ese comprador no adquiere sino las que son más presentables y adecuadas. Todas las otras mazorcas quedan allí llenas de maíz y el dueño de la plantación se las va llevando a su casa y las come pero se cansa también de esto y entonces anuncia que cualquiera puede ir a buscar lo que quiera y cuanto quiera. Como es muy lejos no se decide bien si vale la pena ir. No tiene medio de trasporte. Pero lo necesita. Entonces camina y llega dos horas después al sitio. Está atardeciendo. Al llegar hay un señor con sus hijas y su camioneta. Pero ya están por irse y apenas llega. Entonces la hija llamada lola, esa adolescente seria, callada y de temperamento belicoso que sólo sonríe a él, le dice que tenga cuidado por allá, porque hay una culebra venenosa. Es decir una cascabel grande, como de dos metros. Decide no acercarse a la zona. Es una ladera abrupta en el borde de un desfiladero. Porque allí hay sitios así, cultivados a orillas de desfiladeros y hay uno bien famoso que debe tener como setecientos metros de caída. Saca el saco. Comienza a meter mazorcas, las deshoja un poco para percatarse del estado del maíz, el tacto no es suficiente, es engañoso, promete y luego la mazorca no tiene granos. Teme del pasto elevado que pueda servir de escondite a otras culebras, recuerda los relatos que ha oído de muertes inmediatas, la lejanía de todo antídoto. No llevaba puestas sus botas de caucho indispensables para defender los tobillos de las mordidas. Tuvo que alejarse de la margen del abismo porque se mareó. Cuando el saco estaba lleno hasta la mitad decidió parar porque se iba a hacer más tarde, el camino era muy cuesta arriba hasta su casa y a partir de allí cada mazorca se convertiría en un suplicio por cada kilómetro. Pensó en la culebra y llego hasta la entrada, al llegar había encontrado la alambrada falsa echada en el piso y se sintió seguro de que nadie más iba a ir allí ese día. Pensó que sería un gesto cortés para con el señor pedro soto dejarla cerrada y así no entrarían otras vacas que no fuesen las de él a comerse las hojas. Puso el saco en el suelo en la orilla de una laguna grande que había justo al lado y pensó en que no se había preparado para pescar. Levanto el palo pero no podía alzarlo a más allá de cierta altura porque algo lo impedía. Entonces obstinadamente lo forzó a levantarse centrándose sobre él y haciéndole fuerza, sin pensar ni un instante en revisar la causa de la obstrucción y remediarla. Entonces todo aquello cedió y con su propia fuerza concentrada estrelló el palo contra su propia nariz, de un solo golpe fulminante. Retrocedió sin entender lo que había pasado con lágrimas que corrían indetenibles y sin tristeza y un segundo después como si alguien hubiese abierto una llave de agua, los ojos semicerrados y la boca dolorosamente abierta, paralizado en una postura estúpida y rictus trastornado, sobrevino la gran lluvia de sangre. Primero salió con burbujas y empujada por la presión del aire exhalado, con un sonido chispeante, luego como la otra bocanada de aire entró por la boca redondeada por la sorpresa, la presión se normalizo y ya no fue una cascada sino un caudaloso hilo que bajaba por la barba y el cuello y se perdía entre la franela y el suéter rojo con azul. Se sentó en el suelo por un momento y trato de frenar la salida de sangre pero no lo logró. Jamás se había roto la nariz antes. Se quito la ropa empapada y luego de una media hora la sangre dejo de caer. Lloró de furia y echó la ropa dentro del saco con las mazorcas ensangrentadas, se lo puso sobre le hombro derecho y empezó a caminar hacia una quebrada cercana. Eran las seis y media de la tarde.

Luego una buena noche; I. me dice algo que siempre me pone por mensajes, que pienso demasiado y que no debería hacerlo. Siempre he pensado que decir eso es tonto, sacudo la idea como a mosca y luego se hace la luz. La luz de esa misma idea que acabo de espantar. Creo “comprenderlo todo” con toda mi ingenuidad. Estamos tan sintonizados que ya esta esbozando una especie de disculpa por decir eso. Yo le respondo que es una genial idea y a continuación duro unas dos semanas dando vueltas alrededor del asunto. Primero pienso que “pensar demasiado” tiene que ver con proyectarse demasiado, o con pensar en uno mismo. Esto es lo mismo que decir que no es que sea malo pensar, sino que hay distintos tipos de pensamientos y que los “pensamientos nocivos” vienen siendo los tendenciosos, repetitivos y molestos, los circulares y endémicos que no podemos superar a los que siempre volvemos, serían más o menos trasindividuales pero también habrían como unos tormentos demasiado específicos y raros. Pensamientos que solo una persona debería tener. En mi caso no es más que preocupación de no existir, de no estar satisfecho nunca con lo que entra por los sentidos sobre mi, con la poca y triste evidencia que tengo de ser o significar. Luego que habrá que darse uno por sentado, que uno se proyecta a su pesar, sin remedio  sin proponérselo nunca, y siempre de una manera suficiente. Quiéralo o no todo esto: botas de goma, sombreros de fieltro, suciedad y bigotes, es siempre y pesa mucho, distorsiona los campos. Eso debería calmar la incertidumbre. Luego en el trascurso de a semana pienso en que todo ese ruido llamado pensamientos nocivos es un constante rodeo que hacemos cuando queremos cuestionarnos la universalidad de una cosa. Si trabajar pa comer es tan universalmente acatado, ¿porqué nos lo vamos a cuestionar? Si bañarse, limpiar y bañar al perro es aceptado como correcto, la pura convención lo debería justificar y ya. ¿Pensar y pensar en que conviene o no hacerlo es otra forma de uno pensar en si mismo tontamente? Quedémonos con que así es por ahora, a ver qué pasa. Quedémonos en que si hay frío y son las cinco de la mañana, y queremos seguir durmiendo otro rato, la pura observación de que el yo y nuestros tontos gustos se están poniendo a trabajar, sea entonces la confirmación de que nos debe importar una mierda lo que queramos. Que venga la enajenación así, a ver. Y vendrá. Pero si uno es bien consecuente con lo que no es uno mismo, quizás algo cambie.

Soñé con idvc. Soñé que era su amigo, pero que yo, es decir ese yo que ella odia, y al que no dirige ni una palabra, era otro, a pesar de que sin embargo yo era yo mismo. Entonces el sueño consistía en que ella y yo observábamos un horizonte. Era como un edificio desde el que se veía un territorio inservible, urbano: estacionamiento o terreno lleno de malezas adyacente a ese edificio. Y detrás mucho más de la ciudad. Edificios, estructuras, autopistas. Hablábamos de cualquier cosa y ella mencionaba que en aquél sitio, a lo lejos, era donde yo vivía o trabajaba, es decir yo el otro. “a veces cuando paso por allí lo veo” decía. Entonces yo salía con un tonto consejo motivacional: -“hasta cuando vas a permanecer sin hablar con él” –“debes acercarte, saludarlo, limar todas esas asperezas que solo hacen daño”. Entonces resultaba que ella accedía y se proponía hablar con él, conmigo. Pero yo entonces me iba a acechar a mi otro yo. Antes de que ella se acercara a él, el día posterior a aquella conversación, me aproximaba sin ser visto hasta el sitio en que ella dijo se encontraba, que no era más que un simple territorio infecundo similar al inicial. Era un mucho más fornido que yo, más joven y vestido de negro. No se estaba quedando calvo, no era flaco ni usaba bigotes. Se hallaba de espaldas a mi, ensimismado en algo que tenía ante si, nunca vi su rostro. Luego de que lo observé desapareció y me marché satisfecho de haber ejecutado el malicioso plan de haberle visto directamente para que desapareciera.

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